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No al silencio 3.1

Crónicas de un transeunte citadino

UN VIEJO TENDERO

miércoles, diciembre 20, 2006

José Antonio Duque va a morir solo. O tal vez no, a su funeral asistirán sus empleados y sus amigos, esos que desde hace muchos años vienen a tomarse una cerveza a su tienda y a contarse mutuamente las historias de sus vidas. Hombres -solo hombres- de pelos canos y mirada desengañada, de espaldas encorvadas y trajes viejos. Hombres que han vivido y trabajado en La Candelaria de antaño, esa que era residencial y 'decente', que no estaba llena de rumbeaderos ni de "antros de perdición llenos de estudiantes" como cuenta el anciano tendero.

Hace 31 años compró la Tienda Luna Park, en una esquina donde confluyen dos callecitas estrechas y empinadas del centro histórico de Bogotá. "Un hermano trabajaba en la (Universidad) Gran Colombia y cuando vine a visitarlo me enamoré de este negocio y lo compré", cuenta con un acento paisa que no ha podido cambiar pese a todos sus años en la capital. El lugar tenía ya 34 años cuando cambió de dueño.

La edad se le nota. El tendero está vestido con una camisa de cuadros, unas gafas de lente amarillento que enmarcan sus ojos cansados y sus párpados caídos y un delantal del que se cae a pedazos el viejo logo de una marca de cerveza. Está peinado de medio lado y con gomina, aunque la frente le llegue muy lejos. Cuando habla se le arruga la boca, pero cuando calla no parece tan viejo. Está sentado en el mostrador, saludando a Don Genaro, el dueño de una joyería.

-Don Genaro, ¿cómo va todo?- le pregunta a su viejo amigo.
-Mas o menos José Antonio, más o menos-, le contesta temblorosamente.
-Hágame el favor, regáleme un Águila bien fría para estos calores, pero que el doctor no se entere-.
El joyero se rasca la nuca. Intenta reír un poco. Sus ojos se arrugan aún más y adquieren un aire de sabiduría.

Suena una vieja canción por el polvoriento parlante que está detrás de la nevera.
-Eso sí es música. No como esos, ¿cómo es que se llaman?, rejetones, resguetones de ahora. Esa vulgaridad que le gusta a mi nieta. ¿Se acuerda de ella, la que vino qué día conmigo?- le pregunta al tendero.
-Si claro- responde José Antonio. -Ella estudia por acá-. Le entrega la cerveza helada y se sienta en su silla. Se entristece.

Durante todos estos años José Antonio no conoció mujer. Su vida y su amor estaban en esas paredes vetustas y en ese mostrador donde hay botellas de cerveza de hace cuarenta años. Ahora se siente solo. No hay una mujer en el local, es raro que entren.

No tiene una sóla empleada, todo lo hacen cuatro muchachos con acento paisa y cara de seminarista. Los trata con la severidad de un padre estricto y cordialidad de un abuelo comprensivo. Hay uno que se le parece, tiene el pelo corto y la misma mirada. También tiene camisa de cuadros, delantal y acento paisa. "Él es el hijo menor de mi hermana. Si Dios quiere, él va a heredar el negocio".

Entró una mujer, una joven muy flaca con jeans descaderados y un saco rosado que dejaba ver una media luna de piel morena en el bajo vientre. Tenía los ojos coloreados de rosa y olía a perfume dulzón. Pidió una caja de chicles. El sobrino del tendero la atendió y cuando salió, le miró las nalgas y se sonrió tímidamente. José Antonió lo miró con reprobación y le arrugó el ceño.

"La verdad, yo quiero un nieto", dice mirando al piso. Pero todos sus años de misoginia y de dedicación clerical a su negocio no le dejaron ni tiempo ni ganas de buscar un vientre para tener un hijo. Miró nuevamente a su sobrino. "Yo quiero que siga mis pasos, porque ese 'pelao' tiene madera".

Lo que el tío no sabe es que el 'pelao' tiene una noviecita, una adolescente tierna y sencilla que lo enamoró al servirle un café con leche en la panadería que queda cerca a su casa. Es diez años menor que él. Y lo que el tío tampoco sabe es que su sobrino quiere ser contador, está ahorrando el dinero de la tienda para empezar a estudiar el próximo semestre.

Definitivamente quien vive solo muere solo. Y el viejo tendero vivió acompañado de sus viejos clientes, quienes uno tras otro serán llevados, más temprano que tarde, por la parca. Él ya se resignó, lo único que quiere es que alguien le cargue el cajón. Su corazón murió verde, marchito de tanto esperar.
escribió José Luis Peñarredonda, 1:41 p. m. | link | 8 comentarios |