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No al silencio 3.1

Crónicas de un transeunte citadino

LOS GALÉNICOS

sábado, noviembre 18, 2006

Para Andrea*, treinta pastillas de barbitúricos eran la diferencia entre la vida y la muerte. Al verla postrada en una cama, luchando por no dejarse salvar, Marcela* se estrelló con la realidad: su mejor amiga no quería vivir más.

No había logrado suicidarse, por eso estaba en esa clínica. Se llamaba Clínica Los Galénicos - Sol de Vida; “vaya nombre para un lugar donde los suicidas fracasados se recuperan”, decía Marcela cuando llegó. En el ambiente se respiraba la misma pulcritud forzosa de todas las clínicas, las paredes también eran blancas y azules y también olía a medicina.

Los dolientes de los ocho suicidas fracasados que eran traídos de regreso seguían agolpados, esa tarde de visitas, en una pequeña sala de espera con veinte sillitas de plástico y un televisor que presentaba una película de Jackie Chan atravesada por líneas grises y parpadeantes. Mientras tanto el enfermero López, un hombre grande y amanerado que tenía una bata con ositos de colores, daba una última vuelta por la sala de cuidados intensivos antes de dejar pasar a los familiares.

Cuando López llegó a la sala de espera, todos lo que estaban ahí lo miraron inmediatamente. Su enorme presencia contrastaba con su bata de pediatra y con su voz afeminada: “Por favor, una sola persona por paciente”. Marcela quería subir, pero primero lo hizo el tío de Andrea.

Mientras los primeros visitantes subían al tercer piso, la sala de espera volvía a su rutinario chismoseo. La mamá de Andrea, entre triste y desesperada, completó la escena: “esta Andrea si no sirve ni pa’ suicidarse”.

Luego de quince largos minutos, a Marcela le tocó el turno de subir. Las escaleras de caracol llevaban a un segundo piso inundado de cuadros religiosos, de imágenes de Jesucristo acompañadas de lemas como “no renuncies a la vida” o “él murió para que tu vivas eternamente”. Sin embargo, la calma impostada que los cuadros buscan producir se pierde al llegar al tercer piso, la sala de cuidados intensivos.

Con su particular estilo, el enfermero le dijo cómo lavarse las manos. Cuando terminó, la primera imagen que sus ojos encontraron fue la de un hombre joven de pelo negro, piel blanca y ceño fruncido. Tenía una venda a la altura de la frente que daba vueltas por su cara. En la sien derecha tenía una mancha de sangre.

A su lado, después de la enredadera de conductos de suero y sangre, estaba una mujer con un yeso en la mandíbula; y en la cama siguiente yacía un muchacho moreno de ojos saltones, que no tendría más de 14 años y parecía crucificado. Tenía los brazos colgados hacia atrás y una venda sanguinolenta en cada una de sus muñecas.

Andrea estaba en la última cama, era casi imperceptible entre el ruido de los monitores y la espectacularidad dantesca de sus compañeros de sala. Estaba débil, su voz era un chorrito que parecía escapar de una garganta que no quería estar viva y sus ojos brillaban como una brasa que está apagándose. Sonrió.

Luego de los quince minutos reglamentarios que debía durar cada visita, Marcela bajó con los ojos llorosos. Su mirada era tranquila, Andrea estaba viva y se iba a salvar. Se quiso ir rápido de ese lugar. Estaba muy confundida y el lugar le había parecido demasiado feo y demasiado inquietante. “Yo entiendo que eso sea una clínica para suicidas, pero igual el ambiente no ayuda. Mejor dicho, todo está decorado para ser muy tranquilo y muy esperanzador, pero lo que resulta es todo lo contrario”.

Juan Manuel Pérez, director de la clínica, trabaja en una oficina estrecha de paredes blancas. Es un hombre religioso que cree que la labor de su clínica es muy importante. Al lado de las fotos de sus cuatro hijos y de su diploma como especialista en Administración Hospitalaria, tiene su juramento hipocrático y un enorme crucifijo. “Aquí creemos que la vida es sagrada y que tenemos que protegerla hasta las últimas consecuencias”, responde cuando se le pregunta qué opina sobre el suicidio.

Ese parece ser el mensaje que quieren transmitir los cientos de imágenes de Jesucristo que se ven en todas partes del lugar, excepto en la unidad de cuidados intensivos. “Allá no ponemos imágenes porque algunos pacientes se pueden molestar, y su estado psicológico es muy delicado”, comenta Pérez.

Los que salen molestos no son sólo los pacientes. “Es evidente que, para una familia, la situación de que un hijo o un marido se intente suicidar es muy difícil. Sin embargo, la clínica brinda el apoyo para esa situación”, responde el director.

Las familias estaban abandonadas a su suerte el domingo que Marcela fue a ver a su amiga. “No hay servicio de trabajadora social los días domingos, aunque de lunes a viernes la gente viene y se le ayuda”, comenta el director. “Además, hay un cura y dos monjas que siempre están aquí ayudando a la gente”.

“¡Qué ayuda ni qué nada!”, se quejó Marcela cuando se enteró de que esa era la respuesta del director de la clínica. “Una cosa es que allá recuperen la salud de los suicidas, esa es la obligación de cualquier médico. Incluso que los remitan a psiquiatría. Pero que a uno lo obliguen a creer en Dios o a valorar la vida como hacen los católicos, es otra cosa”.

Cuando salió de la clínica, Andrea estuvo de siquiatra en siquiatra durante un par de meses. Luego se fue de su casa en un ataque de pánico y quedó embarazada de su novio de toda la vida. En la clínica le insinuaron que fuera a misa; ella no hizo caso. No la remitieron a ningún otro lugar.

Con todo, no ha intentado suicidarse nuevamente. Marcela dice que no lo ha hecho porque no quiere volver al hospital. “Yo creo que vivir es mejor que volver a Los Galénicos”, dice mientras se le escapa una carcajada que muere pronto, culpable.

*: Nombres cambiados.
escribió José Luis Peñarredonda, 6:59 p. m. | link | 4 comentarios |