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No al silencio 3.1

Crónicas de un transeunte citadino

TURMEQUÉ

domingo, abril 29, 2007

A uno le dan ganas de quedarse a vivir ahí. No es sólo que el tejo sea el deporte de todos los días ni que la gente sea radicalmente diferente a la de Bogotá, es que es un lugar que no se termina de descubrir. Es como el dulce que uno se mete a la boca y empieza a saborear. Primero sabe a fresa y luego a mandarina, después a eucalipto, luego a manzana y luego a durazno.

Cuando se está entrando por ese laberinto de sensaciones los nudos de la espalda se desenredan y una sonrisa sale del rostro como un conejo de su madriguera. Los pasos empiezan a darse solos y se descubre una nueva e inesperada liviandad, ya casi nada importa. Sólo se es ahí y en ese momento.

Lo único realmente malo de todo eso es que hay que regresar y volver a contaminarse.

Para ver el resto de las fotos haga clic en la que está abajo




escribió José Luis Peñarredonda, 7:53 p.m. | link | 7 comentarios |

LA PRINCESA DE SANANDRESITO

viernes, abril 06, 2007

En sus cuadernos ella escribía historias tristes. Con letra dispareja, las mayúsculas con lápiz rojo y algún error de ortografía ella le contaba a la profesora de su colegio que su mamá trabajaba en el último rincón de un sanandresito y que de vez en cuando se desmayaba después de cerrar el local. También le contaba que un día su papá tuvo que salir corriendo agachado del lugar en el que almorzaba, pues un proveedor estaba buscando al dueño de una venta de televisores para cobrarle a balazos.

Ella, sin embargo, no perdía la sonrisa. Ese día cumplía nueve años, sus ojitos oscuros brillaban mientras mostraba su dentadura dispareja como un piano abandonado. Todo el mundo la había felicitado, el jefe de su mamá que le pagaba con trescientos billetes de mil y la señora del puesto del frente que vendía los mejores pasteles de pollo que se podían comprar; el señor flaco de mirada bizca que le había prometido un regalo cuando cumpliera doce y la dama gorda, escotada y de ojos saltones que la había invitado a almorzar con la bandeja especial de su restaurante de comida corriente.

Iba de la mano con la señora de los almuerzos, pasando entre cientos de cajas llenas de televisores y equipos de sonido de dudosas calidad y procedencia y robándose uno que otro piropo y una que otra mirada de un par de señores gordos y calenturientos, que no podían dejar de desear a la dama del escote aunque estuviera con una niña inocente. Ella caminaba como una princesa entre plebeyos, como una presencia casi divina que en su dignidad sólo podía desconocer los afanes truculentos de los pobres y sucios mortales que la rodeaban.

El día había pasado entre abrazos y felicitaciones de los colegas de sus padres, pero también entre cajas, fajos de billetes sucios y ajenos y negocios afanosos y despiadados. Le habían regalado un par de ponqués y unos dulces; esa noche tal vez recibiría una muñeca o un juguete de esos que por esta época venden rebajados en el primer local de la puerta derecha, porque nadie los compró en navidad. Un regalo que su mamá pagará con quince de esos billetes de mil con los que su jefe le paga el salario, de esos que se gana de domingo a domingo de siete a siete atendiendo una cabina de teléfonos desde la que probablemente han mandado a matar a más de uno, pero desde la que la princesa de sanandresito, sentada en una sucia silla de plástico, contempla su reino sin siquiera terminar de entenderlo.

escribió José Luis Peñarredonda, 8:04 p.m. | link | 5 comentarios |

EL DOMADOR DE LEONES

viernes, febrero 16, 2007

El venezolano contaba que Gasca había perdido 5.000 dólares esa noche. Estaba jugando en una de las mesas reservadas para ricos, quitándose de encima la adrenalina que le produce su trabajo. “Es que domar leones no es cosa fácil, mi hermano”, me decía el chamo entre un cigarrillo y otro.

Lo conocí en un casino del norte, de esos enormes e irreales. Su acento era de muchas partes, a veces se le salía un ‘órale’ y a veces echaba una verborrea musical que me hacía no escuchar lo que decía para concentrarme en su cadencia caribeña, sólo para aterrizarme con una expresión de esas propias del inglés de los cubanos. Su camisa de seda negra abierta hasta el tercer botón y rematada por una cadena de oro, su pelo engominado y sus Ray-Ban de piloto lo hacían parecer sacado de una serie ochentera de televisión. Parecía vendedor de glamour en la Miami periquera de hace 25 años, o detective cubano en misión secreta. Las luces de las máquinas y los vidrios polarizados, además, parecían convenientemente escogidos por el productor de un programa que no era de ficción.

Hablaba de Gasca como el que habla de su hermano. No se cansaba de repetir que el trabajo de “el pana Raúl” era domar leones, me contaba de las cicatrices que el cirquero tiene en su espalda y del par de sustos que sus súbditos felinos le habían hecho pasar. El hombre me transportaba, de repente me veía frente a un mexicano con cara de temerario y lleno de costras. El tipo estaba con un traje de Aladino que alguna vez fue blanco, de pie sobre uno de esos bancos de circo con un látigo en la mano derecha. “Vamos gatito, párate ya, deja la chingada”, le decía el Raúl de mi imaginación a su enemigo, quien le respondía con una sonrisa macabra. “Órale, ya déjate de eso güey”, le respondía el domador mientras le acariciaba el lomo dorado con el látigo. Luego, aparecían unas gotas rojas en la arena y segundos después un Raúl sin camisa, sangrando, sudando frío y absolutamente quieto, bajando los brazos y jadeando lentamente. Temblando.

Luego me di cuenta de que el acento de Gasca no debía ser tan mexicano, debía parecerse un poco más al de su pana. Tal vez se le vaya un ‘ché’ o un poco de espanglish. Ellos estaban en Panamá hasta hace un par de semanas. Antes habían estado en Guatemala, México y Estados Unidos. Cuando no trabajan se la pasan en los casinos, porque “Raúl tiene lana chico, sí que la tiene”. Viajan en primera clase, los animales lo hacen por carretera y con ellos sus cuidanderos. Cuando están de vacaciones, se van a la casa del venezolano en Isla Margarita. Dice él que se toman sus tragos con Chávez, otro de sus “íntimos”.

Ahí se rompió el encanto. El tipo se puso a darme clases de filosofía política, de socialismo y de democracia. Encendía mi ira con cada una de sus contradicciones -por algo será que las azafatas nunca hablan de sexo, ni de política ni de religión. Me calmaba fumando un cigarrillo tras otro, intentando debatirle sin mucho éxito, por aquello del fanatismo. Cuando vio que no podía convencerme, se fue a la mesa de Raúl.

Me imaginé otra imagen. El mismo Raúl pero limpio y con pelo engominado, siempre vestido de blanco. A su lado el chamo, con las cejas levantadas y la frente arrugada, respirando como si hubiera acabado de correr. La mano del látigo dando palmaditas al terciopelo con un ritmo trepidante, como un metrónomo de su corazón. En el centro de la mesa veinte fichas amarillas de mil dólares cada una; al frente una jota, una reina y un rey de corazones comandados por un cuatro de diamantes.

Brillando, cerca de Raúl, un vaso de whisky con hielo y, boca abajo, un diez de corazones y un cuatro de tréboles. El repartidor, en cámara lenta, poniendo una carta sobre la mesa. La mano moviéndose cada vez más rápido, un escalofrío atravesándose en la médula del cirquero. La luz amarilla brillando sobre el river, un as de corazones.

Raúl deja de golpear la mesa, el repartidor le pone las fichas al frente y sin cambiar de gesto toma un trago de su whisky. Se le pasa por la cabeza el momento en el que el león casi lo mata, luego mira a su pana. Este le responde con una sonrisa cómplice: “es que domar leones no es cosa fácil, mi hermano”.
escribió José Luis Peñarredonda, 11:10 p.m. | link | 2 comentarios |

UN VIEJO TENDERO

miércoles, diciembre 20, 2006

José Antonio Duque va a morir solo. O tal vez no, a su funeral asistirán sus empleados y sus amigos, esos que desde hace muchos años vienen a tomarse una cerveza a su tienda y a contarse mutuamente las historias de sus vidas. Hombres -solo hombres- de pelos canos y mirada desengañada, de espaldas encorvadas y trajes viejos. Hombres que han vivido y trabajado en La Candelaria de antaño, esa que era residencial y 'decente', que no estaba llena de rumbeaderos ni de "antros de perdición llenos de estudiantes" como cuenta el anciano tendero.

Hace 31 años compró la Tienda Luna Park, en una esquina donde confluyen dos callecitas estrechas y empinadas del centro histórico de Bogotá. "Un hermano trabajaba en la (Universidad) Gran Colombia y cuando vine a visitarlo me enamoré de este negocio y lo compré", cuenta con un acento paisa que no ha podido cambiar pese a todos sus años en la capital. El lugar tenía ya 34 años cuando cambió de dueño.

La edad se le nota. El tendero está vestido con una camisa de cuadros, unas gafas de lente amarillento que enmarcan sus ojos cansados y sus párpados caídos y un delantal del que se cae a pedazos el viejo logo de una marca de cerveza. Está peinado de medio lado y con gomina, aunque la frente le llegue muy lejos. Cuando habla se le arruga la boca, pero cuando calla no parece tan viejo. Está sentado en el mostrador, saludando a Don Genaro, el dueño de una joyería.

-Don Genaro, ¿cómo va todo?- le pregunta a su viejo amigo.
-Mas o menos José Antonio, más o menos-, le contesta temblorosamente.
-Hágame el favor, regáleme un Águila bien fría para estos calores, pero que el doctor no se entere-.
El joyero se rasca la nuca. Intenta reír un poco. Sus ojos se arrugan aún más y adquieren un aire de sabiduría.

Suena una vieja canción por el polvoriento parlante que está detrás de la nevera.
-Eso sí es música. No como esos, ¿cómo es que se llaman?, rejetones, resguetones de ahora. Esa vulgaridad que le gusta a mi nieta. ¿Se acuerda de ella, la que vino qué día conmigo?- le pregunta al tendero.
-Si claro- responde José Antonio. -Ella estudia por acá-. Le entrega la cerveza helada y se sienta en su silla. Se entristece.

Durante todos estos años José Antonio no conoció mujer. Su vida y su amor estaban en esas paredes vetustas y en ese mostrador donde hay botellas de cerveza de hace cuarenta años. Ahora se siente solo. No hay una mujer en el local, es raro que entren.

No tiene una sóla empleada, todo lo hacen cuatro muchachos con acento paisa y cara de seminarista. Los trata con la severidad de un padre estricto y cordialidad de un abuelo comprensivo. Hay uno que se le parece, tiene el pelo corto y la misma mirada. También tiene camisa de cuadros, delantal y acento paisa. "Él es el hijo menor de mi hermana. Si Dios quiere, él va a heredar el negocio".

Entró una mujer, una joven muy flaca con jeans descaderados y un saco rosado que dejaba ver una media luna de piel morena en el bajo vientre. Tenía los ojos coloreados de rosa y olía a perfume dulzón. Pidió una caja de chicles. El sobrino del tendero la atendió y cuando salió, le miró las nalgas y se sonrió tímidamente. José Antonió lo miró con reprobación y le arrugó el ceño.

"La verdad, yo quiero un nieto", dice mirando al piso. Pero todos sus años de misoginia y de dedicación clerical a su negocio no le dejaron ni tiempo ni ganas de buscar un vientre para tener un hijo. Miró nuevamente a su sobrino. "Yo quiero que siga mis pasos, porque ese 'pelao' tiene madera".

Lo que el tío no sabe es que el 'pelao' tiene una noviecita, una adolescente tierna y sencilla que lo enamoró al servirle un café con leche en la panadería que queda cerca a su casa. Es diez años menor que él. Y lo que el tío tampoco sabe es que su sobrino quiere ser contador, está ahorrando el dinero de la tienda para empezar a estudiar el próximo semestre.

Definitivamente quien vive solo muere solo. Y el viejo tendero vivió acompañado de sus viejos clientes, quienes uno tras otro serán llevados, más temprano que tarde, por la parca. Él ya se resignó, lo único que quiere es que alguien le cargue el cajón. Su corazón murió verde, marchito de tanto esperar.
escribió José Luis Peñarredonda, 1:41 p.m. | link | 8 comentarios |

LOS GALÉNICOS

sábado, noviembre 18, 2006

Para Andrea*, treinta pastillas de barbitúricos eran la diferencia entre la vida y la muerte. Al verla postrada en una cama, luchando por no dejarse salvar, Marcela* se estrelló con la realidad: su mejor amiga no quería vivir más.

No había logrado suicidarse, por eso estaba en esa clínica. Se llamaba Clínica Los Galénicos - Sol de Vida; “vaya nombre para un lugar donde los suicidas fracasados se recuperan”, decía Marcela cuando llegó. En el ambiente se respiraba la misma pulcritud forzosa de todas las clínicas, las paredes también eran blancas y azules y también olía a medicina.

Los dolientes de los ocho suicidas fracasados que eran traídos de regreso seguían agolpados, esa tarde de visitas, en una pequeña sala de espera con veinte sillitas de plástico y un televisor que presentaba una película de Jackie Chan atravesada por líneas grises y parpadeantes. Mientras tanto el enfermero López, un hombre grande y amanerado que tenía una bata con ositos de colores, daba una última vuelta por la sala de cuidados intensivos antes de dejar pasar a los familiares.

Cuando López llegó a la sala de espera, todos lo que estaban ahí lo miraron inmediatamente. Su enorme presencia contrastaba con su bata de pediatra y con su voz afeminada: “Por favor, una sola persona por paciente”. Marcela quería subir, pero primero lo hizo el tío de Andrea.

Mientras los primeros visitantes subían al tercer piso, la sala de espera volvía a su rutinario chismoseo. La mamá de Andrea, entre triste y desesperada, completó la escena: “esta Andrea si no sirve ni pa’ suicidarse”.

Luego de quince largos minutos, a Marcela le tocó el turno de subir. Las escaleras de caracol llevaban a un segundo piso inundado de cuadros religiosos, de imágenes de Jesucristo acompañadas de lemas como “no renuncies a la vida” o “él murió para que tu vivas eternamente”. Sin embargo, la calma impostada que los cuadros buscan producir se pierde al llegar al tercer piso, la sala de cuidados intensivos.

Con su particular estilo, el enfermero le dijo cómo lavarse las manos. Cuando terminó, la primera imagen que sus ojos encontraron fue la de un hombre joven de pelo negro, piel blanca y ceño fruncido. Tenía una venda a la altura de la frente que daba vueltas por su cara. En la sien derecha tenía una mancha de sangre.

A su lado, después de la enredadera de conductos de suero y sangre, estaba una mujer con un yeso en la mandíbula; y en la cama siguiente yacía un muchacho moreno de ojos saltones, que no tendría más de 14 años y parecía crucificado. Tenía los brazos colgados hacia atrás y una venda sanguinolenta en cada una de sus muñecas.

Andrea estaba en la última cama, era casi imperceptible entre el ruido de los monitores y la espectacularidad dantesca de sus compañeros de sala. Estaba débil, su voz era un chorrito que parecía escapar de una garganta que no quería estar viva y sus ojos brillaban como una brasa que está apagándose. Sonrió.

Luego de los quince minutos reglamentarios que debía durar cada visita, Marcela bajó con los ojos llorosos. Su mirada era tranquila, Andrea estaba viva y se iba a salvar. Se quiso ir rápido de ese lugar. Estaba muy confundida y el lugar le había parecido demasiado feo y demasiado inquietante. “Yo entiendo que eso sea una clínica para suicidas, pero igual el ambiente no ayuda. Mejor dicho, todo está decorado para ser muy tranquilo y muy esperanzador, pero lo que resulta es todo lo contrario”.

Juan Manuel Pérez, director de la clínica, trabaja en una oficina estrecha de paredes blancas. Es un hombre religioso que cree que la labor de su clínica es muy importante. Al lado de las fotos de sus cuatro hijos y de su diploma como especialista en Administración Hospitalaria, tiene su juramento hipocrático y un enorme crucifijo. “Aquí creemos que la vida es sagrada y que tenemos que protegerla hasta las últimas consecuencias”, responde cuando se le pregunta qué opina sobre el suicidio.

Ese parece ser el mensaje que quieren transmitir los cientos de imágenes de Jesucristo que se ven en todas partes del lugar, excepto en la unidad de cuidados intensivos. “Allá no ponemos imágenes porque algunos pacientes se pueden molestar, y su estado psicológico es muy delicado”, comenta Pérez.

Los que salen molestos no son sólo los pacientes. “Es evidente que, para una familia, la situación de que un hijo o un marido se intente suicidar es muy difícil. Sin embargo, la clínica brinda el apoyo para esa situación”, responde el director.

Las familias estaban abandonadas a su suerte el domingo que Marcela fue a ver a su amiga. “No hay servicio de trabajadora social los días domingos, aunque de lunes a viernes la gente viene y se le ayuda”, comenta el director. “Además, hay un cura y dos monjas que siempre están aquí ayudando a la gente”.

“¡Qué ayuda ni qué nada!”, se quejó Marcela cuando se enteró de que esa era la respuesta del director de la clínica. “Una cosa es que allá recuperen la salud de los suicidas, esa es la obligación de cualquier médico. Incluso que los remitan a psiquiatría. Pero que a uno lo obliguen a creer en Dios o a valorar la vida como hacen los católicos, es otra cosa”.

Cuando salió de la clínica, Andrea estuvo de siquiatra en siquiatra durante un par de meses. Luego se fue de su casa en un ataque de pánico y quedó embarazada de su novio de toda la vida. En la clínica le insinuaron que fuera a misa; ella no hizo caso. No la remitieron a ningún otro lugar.

Con todo, no ha intentado suicidarse nuevamente. Marcela dice que no lo ha hecho porque no quiere volver al hospital. “Yo creo que vivir es mejor que volver a Los Galénicos”, dice mientras se le escapa una carcajada que muere pronto, culpable.

*: Nombres cambiados.
escribió José Luis Peñarredonda, 6:59 p.m. | link | 4 comentarios |

CANTA EN LOS BUSES, PERO VIAJA EN AVIÓN

martes, octubre 10, 2006

Ricardo Castañeda quiere un carro deportivo de 90.000 dólares. Por eso, todos los días agarra su guitarra y sale a la calle a convencer a los conductores de bus de que lo dejen entrar a cantar una canción.

Ni las manos ni la garganta parecen cansársele nunca. Desde el primer autobús hasta el último del día canta con las mismas ganas con las que hace 16 años se subió, por la puerta de atrás, a reunir el dinero de una noche de hotel en su natal Medellín. Se había ido de su casa y le tocaba empezar a vivir por su cuenta, no aguantó que su papá golpeara a su mamá.

El primer bus de la tarde era viejo, sucio y destartalado. Sus pasajeros cabeceaban, perdían la pelea contra el sopor de la tarde de sol. Él los saludó efusivamente, con su voz de maestro de ceremonias: sabía que si los sacaba de la modorra ganaría buen dinero.

“Espero que se hayan despertado con ganas de alcanzar un gran propósito”, les dijo. Les iba a cantar una de las 520 canciones que ha compuesto, pero no cualquiera. Esta vez se acordó de que no era un cantante de bus más.

Y alguien sentado me repara porque uso buenos Nike y un reloj aniquelado (sic),
y el celular de medio lado y no es lo que hace feliz.
Yo no canto para mí, sino por los sueños que amo.

Su voz es fuerte. La señora de ojos verdes que estaba en la primera silla de la derecha lo miró de reojo y siguió con la vista perdida en la calle. El muchacho de la última banca se sonrió, después le confesaría que la canción le movió las entrañas y que deseó que cantara otra. “No, ‘mano’, si me pongo a repetir se me acaba el tiempo aquí”, le respondió Ricardo con una sonrisa.

Su guitarra brasileña de 1’400.000 pesos tiene una pequeña fractura en la tapa y por momentos sus cuerdas suenan sordas; no parece tan cara. Ricardo por ratos frunce el ceño cuando canta, los cambios de tono a veces le cuestan.

Cuando terminó, un aplauso animoso se dejó oír. Ricardo lo había logrado de nuevo, había despertado a su auditorio. Después de que se bajó, contó con habilidad los 4.000 pesos que reunió en ese bus sumando las monedas, el billete de 2.000 que una mujer de tímida sonrisa le pasó y la moneda estadounidense de cinco centavos que tal vez alguien le dio para mofársele, pero que ahora guardará como uno de tantos recuerdos de su periplo por el transporte público.

“Alguna vez alguien me dio un billete de veinte euros”, cuenta Ricardo. En otra ocasión reunió 150.000 pesos en un día. Entre sus satisfacciones no sólo recuerda el dinero que ha ganado, también algunas anécdotas que le arrancan carcajadas.

En una ocasión se le cayó el chicle que masticaba para mantener saliva en la boca, pero en medio de los senos de una mujer. “Qué pena, ¿yo cómo saco esto?”, fue lo que atinó a pensar en ese momento. Otro día se montó en un bus, pero en el momento más inoportuno. “Yo le hice la parada a un conductor amigo. Él me gritó que no me subiera pero yo no lo escuché.” El bus llevaba un entierro. “Yo empecé a cantar y todo el mundo estaba llorando.”, cuenta Ricardo entre risas. En otro bus le ocurrió que, cuando el bus en el que iba hizo una frenada “ni la hijuemíchica”, fue a dar en medio de las piernas de una monja.

Montado en un bus tras otro, llegó de la carrera décima con calle 13 al Parque Nacional, en la 39 con Séptima. Allí se encontró con dos de sus colegas en la juglaría urbana: Patricia Valenzuela, una mujer de pelo rubio y juventud tardía que está en el oficio desde hace ocho años y David Salomón Rodríguez, un veterano de los buses que durante 10 años cargó con una arpa grande y pesada.

“Hoy es el primer día que salgo con el cuatro. Lo que pasa es que se han acabado los buses grandes y el arpa en las busetas pequeñas es un problema”, cuenta David con nostalgia.

Los cantantes de autobús han intentado organizarse varias veces, pero no lo han logrado. “Íbamos más o menos bien, pero no nos pusimos de acuerdo”, comenta David. “Es más fácil organizar un grupo de niños”, agrega Patricia. “Además, para mucha gente el arte urbano no deja de ser otro tipo de mendicidad, no podemos cumplir las expectativas que buscamos y que necesitamos”, remata la mujer.

Después de la charla con los colegas, Ricardo sigue su camino. Tiene que trabajar mucho hoy, pues necesita recuperar el dinero que invirtió en los pasajes de avión con los que mañana viajará a Medellín a ver a su hija menor, de seis meses de nacida. “Ella es hija de la mujer que yo más quiero en la vida, a la que le he escrito mis mejores canciones”.

Hace un mes se divorció de esa mujer, llamada Maria Victoria. “No creyó en mi sueño”, dice Ricardo con tristeza. Tal vez vino a Bogotá a olvidarla, a cantarle a los ‘rolos’ las canciones que le escribió y a verla en el rostro de una pasajera meditabunda y morena. Tal vez ahora no se de cuenta, pero las canciones le quedarán aunque los sentimientos desaparezcan.

Ricardo no sólo le canta a su ex esposa. También le ha escrito canciones a sus hijas y a sus amores pasados, al Dios cristiano en el que siempre creyó y al papá por el que se fue de la casa. Además compone jingles, por lo que con dos socios montó una empresa en Medellín.

Dice Leonardo Parra, uno de los socios, que “Ricardo es un artista proyectado”. Relata emocionado que un día les encargaron un jingle que Castañeda compuso en sólo diez minutos. “Yo era impresionado con la velocidad de este ‘man’, el jingle le había quedado perfecto en muy poco tiempo cuando por lo general la gente se demora sus buenas horas haciendo eso”.

La empresa se llama “Mente Abierta”. Según Ricardo está consolidada en Medellín, aunque “a Bogotá ha sido difícil entrar porque la rosca es muy brava”. Ellos presentaron una propuesta para la música del cabezote de la telenovela Sin tetas no hay paraíso, pero fue rechazada por Caracol. Nunca les dieron razones.

Sin embargo, Ricardo no necesita de los jingles para comer. Su eterno peregrinaje entre buses y busetas lo ha llevado, guitarra en mano, por las calles de Bogotá, Medellín, Lima, Santiago y Buenos Aires. Rodrigo dice que “los buses dan pa’todo”, y es verdad. Le dan para la comida y el sustento, para sus guitarras caras, sus buenos Nike y su reloj “aniquelado”. Incluso, le dan para viajar en avión.
escribió José Luis Peñarredonda, 9:56 a.m. | link | 6 comentarios |

UNA ESQUINA CASI OLVIDADA

sábado, septiembre 16, 2006

58 años después, la gente pasa como si nada por la esquina de la Jiménez con carrera séptima. Allí, el ruido de los buses se deja oír mientras los transeúntes caminan desprevenidos por el lugar donde Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado por Juan Roa Sierra. Algunos, si acaso, se detienen a mirar por un momento las placas que se han puesto en memoria del caudillo, pero la inmensa mayoría pasa de afán, pensando en sus propios asuntos.

El abogado Álvaro Ezpeleta iba tarde al Edificio Menqueteba; necesitaba examinar un expediente judicial. Irónicamente, encima del muro donde todos los nueves de abril algunos nostálgicos todavía ofrendan flores a Gaitán se ven toneladas de expedientes como el que inquietaba a Ezpeleta; de procesos que, como el del caudillo, aún están a la espera de ser resueltos.

La duda sobre quién ordenó el asesinato ha estado flotando en la imaginación histórica nacional. Se ha dicho que fue Laureano Gómez, o una conspiración de políticos conservadores que no querían que Gaitán llegara a la silla presidencial. Incluso se sostuvo que el homicidio fue ordenado por un espía a las órdenes de la Revolución Cubana, pero hasta hoy nadie puede responder a esa pregunta sin temor a equivocarse.

El reloj de la Iglesia de San Francisco, que queda cruzando la séptima, marca las cinco y quince desde hace mucho tiempo. Cuando mataron a Gaitán, marcaba la una y cinco de la tarde. Desde ese momento, la historia de Bogotá se partió en dos: la muerte del caudillo desató el movimiento popular más importante que ha visto la capital, el Bogotazo. Durante las pocas horas que duró, causó destrozos e intentó vengar la muerte de la persona que encarnaba su esperanza en un país mejor. Su primera víctima fue Roa Sierra, cuyo cadáver terminó con dos corbatas en su cuello.

Hoy es difícil imaginar tal concentración de gente en una esquina tan agitada. A la derecha del muro hay un local de comidas rápidas; a la izquierda, un billar. En 1948 el tranvía pasaba plácidamente sobre sus rieles, hoy los buses rojos del Transmilenio llevan a la estación Museo de Oro a centenares de afanosos transeúntes. Hoy, el sol hacía que el color crema de las placas se viera más brillante. En ese entonces, el cielo gris hacía más tétrica la escena del muro manchado de la sangre del caudillo.

Las cosas han cambiado en estos 58 años. El recuerdo de Gaitán es resucitado a medias por aquellos nostálgicos como Carlos Moreno de Caro y Alfonso López Michelsen, que mandan a hacer placas para que los transeúntes no se olviden de que allí murió un caudillo. Sin embargo, ni al árbol que se mece plácidamente con la brisa fría que baja de los cerros, ni la silla de madera gastada que está al frente del lugar parecen demasiado perturbados. Los transeúntes de hoy día, al contrario de los de 1948, tampoco parecen estarlo.

escribió José Luis Peñarredonda, 6:45 p.m. | link | 8 comentarios |