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No al silencio 3.1

Crónicas de un transeunte citadino

DE HAMBURGUESAS E INMIGRANTES

jueves, abril 27, 2006

Las hábiles manos del cocinero tomaban un poco de carne molida del montón y se aprestaban a hacerla un bollo redondo y plano, mientras el olor de la cebolla salteándose en salsa de soya se dispersaba generosa y deliciosamente por el local. “Joda, esa Flora Martínez si que esta buena, mi hermano”, decía Pacho a uno de sus clientes, no tan costeño como él pero no tan rolo como su vecino. El televisor la mostraba hermosa, demoníaca pero angelical en una sesión de fotos. “Lástima el novio”, replicaba el interlocutor, quien por primera vez venía a comer a este lugar.

Él llegó por casualidad, tenía hambre y no tenía ganas de cocinar. Cuando se fue, sus ganas se le quitaron casi del todo, había comido algo que sus torpes manos tal vez nunca llegarían a preparar. Una generosa hamburguesa, cuya carne sabía a carne y no a sustitutos, fue la puerta de entrada a ese lugar; allí se reencontró con la deliciosa comida rápida costeña. La hamburguesa, además, estaba sabrosamente adobada, como hace años su paladar no tenía la oportunidad de degustar.

Pero no sólo fue la vianda lo que lo hizo volver, pues siempre que venía lo hacia para poder hablar de costeño a casi-costeño con gente que como él añoraba no sólo el queso o el suero, sino la calidez y la apertura de la gente caribeña. Además, esa ingeniosa promoción en que por cada diez comidas regalaban una también ayudó; en un mes y medio él pudo comerse una hamburguesa gratis y casi una segunda.

En semana santa viajó. Cuando regresó, lo primero que deseaba era devorarse algo de lo que en el local vendían, pero cuando llegó al ‘chuzo’ se llevó una triste sorpresa: el letrero ya no decía “Pacho’s Place” sino “Comidas Rápidas Toro Sentado”. Sin embargo, entró.
-Oye, ¿Pacho vendió el chuzo? -preguntó para confirmar sus sospechas.
-Sí -respondió el nuevo dependiente, con un decepcionante acento cachaco.
-¡Mierda! -replicó con sorna y desilusión -¿Cambiaron la carta?
-No, sigue siendo la misma-.
-Entonces dame una ‘Punani’ -ordenó el cliente de forma desafiante.
-¿Perdón? -preguntó el dependiente con sorpresa.
-Una hamburguesa sencilla con champiñones –intervino otro cliente que por ahí se encontraba.

La hamburguesa casi era igual, pero venir allí no era lo mismo. La promoción de las 10 comidas había caducado merced del espíritu empresarial del nuevo administrador, quien también redujo las raciones de carne y acabó con las ‘ñapas’ que Pacho siempre regalaba a sus clientes fieles. Las regalaba porque no le importaba demasiado exprimir cada centavo, le importaba que la gente comiera a gusto, pasara un buen rato y volviera; la mística de la conversación era el verdadero gancho del lugar. Ahora, ni la morenaza cartagenera que hablaba un perfecto inglés neoyorquino y se asustó cuando vio en la tele del lugar que Diana Ross estaba metida en las drogas, ni el guajiro de reloj y cadena de oro que venía porque “ni en El Corral las hamburguesas saben a lo mismo”, ni la pareja de estudiantes que se quedaba una y dos horas hablando de su añorada Barranquilla mientras pedían un perro tras otro, ni el cliente de nuestra historia, tienen un lugar donde sentir un pedazo de su Costa, el que se quedó en las mochilas de Pacho.

Ahora el negocio no era ese. Todos ellos, que a fuerza de encontrarse en el lugar se hicieron amigos, se quedaron sin una parte de lo que los unía: ahora son un poco más desarraigados, ahora están un poco más solos en esta nevera.

escribió José Luis Peñarredonda, 2:30 p. m.

1 Comments:

perdoname pero disculpame pero... eso nos pasa a todos, Jose.

ENTRETANTO: Y cumplir 27 duele?

Arieh "kozure"

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